Antes de convertirse en leyenda del espectáculo argentino, Moria Casán vivió una infancia marcada por el arte, la disciplina familiar y experiencias que influyeron en su carrera y personalidad
Antes de que el nombre Moria Casán se volviera sinónimo de vedette, televisión y escenarios, existió una niña llamada Ana María Casanova. Su historia familiar y los momentos que vivió en su infancia explican parte de la personalidad y la carrera que la llevarían a ser una figura central del entretenimiento argentino. La combinación de afecto, disciplina y contacto temprano con el arte formaron la base de una vida que, con el tiempo, se transformaría en referente para varias generaciones.
Un entorno familiar entre el arte y la disciplina
Ana María nació en el Hospital Militar Central, en Belgrano, y desde pequeña fue llamada Moria por sus padres. Creció como hija única en José Ingenieros, en el oeste del conurbano bonaerense, en un hogar donde la disciplina y el afecto convivían con una educación orientada al arte. Su padre, Juan Casanova, era oficial del Ejército y un apasionado nadador, mientras que su madre, Rosa Faga, había sido actriz vocacional y profesora de labores antes de dedicarse al hogar. La música clásica, las clases de danza y piano, y los veranos en Mar del Plata marcaron su infancia, así como los rituales familiares y la presencia de sus abuelos.
La abuela Gerónima, madre de su padre, dejó una huella especial en la vida de Moria. En Coronel Granada, un pequeño pueblo bonaerense, le enseñó el valor de la tierra, la cocina y el trabajo manual. Juntas cosechaban remolachas y rabanitos, recogían huevos y aprendían a ordeñar vacas. Cada tarde, el sabayón preparado por su abuela se convirtió en un símbolo de cariño y tiempo compartido. Por otro lado, la abuela Magdalena, originaria de La Pampa, aportó una visión distinta: era cariñosa pero de carácter fuerte, y su rutina diaria con la diabetes mostró a la niña que incluso los adultos tienen fragilidades.
Primeros pasos en el arte y la independencia
El contacto con el arte fue constante en la infancia de Moria. Su padre la llevaba al Teatro Colón y a funciones de ballet, mientras en casa la música clásica era parte del ambiente diario. La madre, además de inculcarle el cuidado personal, realizaba rituales como cubrirla de barro durante los veranos, una experiencia que con el tiempo adquiriría un significado simbólico sobre la transformación y la reinvención personal.
Desde pequeña, Moria mostró una inclinación natural hacia la danza y la expresión corporal. En el Club Unión Argentina de Ciudadela comenzó a bailar, primero como un juego y luego con disciplina. Frente al espejo inventaba coreografías y, en reuniones familiares, preparaba pequeñas actuaciones. Incluso en sus juegos infantiles, la teatralidad estaba presente, como cuando representaba su propia muerte y resurrección junto a amigas.
La independencia fue otra característica que se manifestó temprano. A los doce años, decidió montar un pequeño estudio de danza en el garaje de su casa para poder comprarse unas zapatillas amarillas que deseaba. Sin esperar a que sus padres se las regalaran, comenzó a dar clases de danza y gimnasia, obteniendo sus primeros ingresos y demostrando una iniciativa que la acompañaría toda la vida.
Adolescencia, estudios y el salto al escenario
Durante la adolescencia, Moria continuó su formación artística y académica. Cursó la primaria en la Escuela N.º 13 de Villa Devoto y el secundario en el Liceo N.º 12 de Caballito, donde fue una alumna destacada. Estudió piano, danzas españolas e inglés, y llegó a recibirse de profesora de piano. Aunque inició la carrera de Derecho en la Universidad de Buenos Aires, la abandonó tras dos años al descubrir su verdadera vocación en el escenario.
En 1968, una oportunidad inesperada cambió el rumbo de su vida. Durante una función en el Teatro Nacional, fue presentada al coreógrafo de la revista Cuando abuelita no era hippie, quien la invitó a debutar como figurita junto a Zulma Faiad y Adolfo Stray. El 2 de agosto de 1973, Moria debutó como primera vedette en el teatro Cómico, hoy conocido como Lola Membrives. A partir de ese momento, su carrera en el espectáculo argentino despegó, llevándola a la televisión, giras y grandes escenarios.
La historia de Moria Casán se suma a la de otras figuras argentinas que han dejado huella en el entretenimiento, como ocurrió recientemente con la cantante Rosalía, quien sorprendió a sus seguidores en Buenos Aires tras su último concierto, un hecho que también generó conversación en la ciudad y fue reportado en una nota anterior de De Chismes.
Heridas, resiliencia y legado en el espectáculo
La infancia de Moria Casán no estuvo exenta de momentos difíciles. En entrevistas, la actriz ha relatado que sufrió abusos sexuales por parte de su abuelo paterno, Antonio Bautista, cuando tenía alrededor de ocho o nueve años. Esta experiencia, que sus padres nunca supieron, marcó una etapa dolorosa en su vida, aunque también convivió con momentos de felicidad, vínculos familiares profundos y una educación que estimuló su independencia y relación con el arte.
La figura de su abuelo Bartolomé, un hombre ingenioso que construía relojes de cemento para medir el tiempo con la luz del sol, también dejó una marca en su memoria. Así, la infancia de Moria estuvo llena de contrastes: desde la protección y el arte hasta la necesidad de resistir y reinventarse.
Con el paso de los años, Moria Casán se consolidó como una de las personalidades más reconocidas del espectáculo argentino. Su capacidad para transformarse, adaptarse y construir su propio camino la convirtieron en referente de independencia y resiliencia, tanto dentro como fuera del escenario.
En el mundo del entretenimiento, la diferencia entre una carrera artística y una profesional tradicional suele estar marcada por decisiones clave y oportunidades inesperadas. Muchas figuras, como Moria Casán, han dejado atrás estudios universitarios o caminos convencionales para seguir su vocación en el arte. Este tipo de trayectorias muestran cómo la formación artística, la disciplina y la capacidad de reinventarse pueden ser tan determinantes como el talento para alcanzar un lugar destacado en la industria del espectáculo.